Sun, 05 Feb 2012 16:32:13
Thu, 08 Apr 2010 08:48:00

Vivencias


Por fin llegó el día en que fui conducido al Consejo de Guerra, que sanciono se me expusara.
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Rafael E. Caamaño

Preso en el Aguacatico
 
Con la instalación del gobierno constitucional, presidido por el Profesor Juan Bosch y Gaviño, en lo personal considere había llegado a su fin, la incertidumbre - que cual espíritu maligno- gravitaba sobre la sociedad dominicana.
 
La ciudadanìa sentía renacer la esperanza de un mejor futuro y yo no era la excepción.
 
Revestido de un optimismo exagerado, había comenzado a trabajar como mensajero del recién oficializado liceo secundario de Elìas Piña. Una de las conquistas en la gestión presidencial, del hombre que al pasar de los días sería derrocado, y opte inclusive, por abandonar el antiguo movimiento patriótico 14 de Junio,aunque seguía ideològicamente vinculado, e inscribirme en el PRD.
 
Vivía dentro de una aureola emocional en que la juventud actúa sin meditar previamente. El modesto trabajo que ocupaba en el liceo, no llenaba los límites de mis aspiraciones personales, ni el pueblo natal era el lugar adecuado para alcanzarlas.

En ese sentido y sin pensarlo dos veces, accedí a una de las tantas propuestas que me había formulado, el compueblano y para la época Capitán-Músico de la Fuerza Aérea Dominicana Nelio Rosario Lugo, director de la orquesta y bandas de música de la mencionada instituciòn castrense; quién decía ver en mí, facultades vocales naturales para el canto operístico, suceptibles de desarrollar en un lugar adecuado que no fuera Elìas Piña.

De esa forma acepte enrolarme como cantante de la orquesta de la Fuerza Aérea.
 
Al margen de las obligaciones dentro de la instituciòn, los miembros de la orquesta participabamos de los denominados picoteos, que eran amenizar fiestas en clubes, bares y restaurantes de la urbe capitalina, donde previamente se nos contrataba por intermedio del director del grupo, quién generalmente era la persona de mayor edad.
 
Habíamos estado en una de esas fiestas el 23 de Abril en el lugar conocido como "El Rancho Bar", de la Calle Josefa Brea, cuando al amanecer del día siguiente 24 de Abril de 1965, se produjo el estallido revolucionario que tenia como propósito restablecer el orden constitucional del que había sido despojado el pueblo dominicano.
 
Estando en la ciudad, mi reacción inmediata estuvo acorde con los principios del que había sido abanderado.

Me integré a un grupo que comenzo a operar por breve tiempo en la escuela Perú, donde pude comprobar al oír a los demás, que en la ocasión existía cierta dispersión en la organizaciòn del movimiento, que no permitìa una clara definición del papel que habría de realizar cada dirigente.
 
Probablemente que el combate del puente Duarte; la toma de la Fortaleza Ozama y la muerte del Coronel Fernàndez Dominguez en el asalto del Palacio Presidencial, proporcionó los elementos suficientes, para que las grandes mayorías constitucionalistas, empezáramos a visualizar en que linea estaba la dirección del movimiento.
 
En las calles de la ciudad, era realmente penoso lo que acontecía entre hermanos dominicanos, separados por razones de principios y de intereses. Los muertos eran incontables y el aire empezaba a enrarecerse con el olor pestilente de los cadáveres en descomposición.
 
El 26 de Abril, yo entraría a formar parte de la lista de heridos en combates, al recibir una balazo en la pierna derecha con orificio de entrada y salida en la calle Samanà del sector de María Auxiliadora. A seguidas, fui conducido por miembros del grupo a una Clínica ubicada en la Avenida Duarte, (Doctor Guillen), muy cerca de la esquina con la calle Eusebio Manzueta. Clínica ésta, que posteriormente fuera cerrada por las autoridades, quienes acusaron a su propietario de mala práctica en el ejercicio de la medicina.
 
En el mencionado recinto asistencial, hube de aceptar se me cociera la herida a sangre fría por la falta de anestesia, y por la cual se decidiò utilizar el procedimiento de romper una de las partes del pantalón que llevaba puesto, para amarrar la pierna herida en su parte superior e inferior, y de esta forma reducir la circulaciòn de la sangre y hacer menos doloroso la tarea de cocer la herida.
 
Después de ese inusual procedimiento, se me condujo  a la casa de mis hermanos situada en la Eusebio Manzueta, detrás del colegio Madre Mazzarena y muy cerca del recinto policial de la calle Albert Thòmas, en el sector María Auxiliadora, donde mi presencia produjo expectación en los residentes del barrio y donde se comentaba las posibilidades de un asalto por parte de los policías, en venganza por la muerte de agentes realizadas en la Fortaleza Ozama, por grupos comandados por el Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñò.
 
Si esto fue realmente concebido, lo frustro la llegada de otro de mis hermanos, para la época Mayor Piloto de la FAD, quién empujado por las circunstancias, supo aprovechar el cese al fuego decretado supuestamente para recoger los muertos, tras la llegada al país del contingente armado de la fuerza aerotransportada de los Estados Unidos, el 28 de Abril de 1965.
 
Una vez mas se producía la intervención norteamericana a nuestra patria; nueva vez metían sus narices en los asuntos internos de los pueblos y mancillaban con su odiosa presencia el limpido suelo Quisquellano.
 
La presencia de este hermano fue milagrosa, pues mi situación se agrababa ante las dificultades para conseguir los medicamentos indispensables. Cosa que hacia sufrir a los hermanos y a mi padre, ha quien la guerra encontró en la capital después de viajar de su nativo San Juan de la Maguana.
 
El hermano militar decidió entonces, llevarme a la base aérea de San Isidro para internarme en el Hospital Ramón de Lara. Después de internarme, recibí la sorpresiva visita de la joven enfermera que me practico el cocido de la pierna sin anestésico en la clínica de la Duarte y quien se habría de convertir en mi ángel guardián los días subsiguientes.
 
Era frecuente la presencia de militares curioseando y con caras de pocos amigos ellos querían ver al pariente del hombre que se había constituido en su dolor de cabeza. Las preguntas llovían, pero no encontraban respuestas.
 
Pasado un tiempo, salí del centro hospitalario y fui llevado en calidad de preso a una cárcel de la base aérea que apodaban "el aguacatico", acusado de alta traición y de deserción.

Mi estadía duró tres meses; tres meses en un infierno, donde las amenazas eran constante  y solo iba a visitarme la noble enfermera con la que finalmente terminarìa en un dulce y prolongado romance, que en mi soledad inspiró estas letras.
 
                                                      Cuando mas triste me encontraba en la prisión,
                                                      te acercaste a mí.
                                                      como si fueras el ángel de mi amor
                                                      y de mi salvación.
 
                                                      Tú siempre fuiste ese ángel salvador,
                                                      para este corazón,
                                                      que con el tiempo moría de de dolor
                                                      y una desilusión.
 
                                                      Yo no podré, pagarte en esta vida,
                                                      ni con dinero, ni conmiseraciòn,
                                                      solo podre pagarte mientras viva,
                                                      con el oro mas necio, de darte el corazón.
 
    
En esa cárcel habían numerosos presidiarios, acusados de delitos y otros introducidos con el objetivo de suministrar informaciones. Además de mi persona, se encontraba un oficial apellido Arroyo, que se decía era un  preso político y al igual que yo habitábamos celdas separadas.

Fue en esa celda que escribí también estas letras, que posteriormente regale en  Elìas Piña, a uno de los bachateros de entonces de nombre Antonio Gòmez Salcedo quién gentilmente me la solicito y la cual grabaría.
 
 
                                                      Que triste es la vida de los prisioneros,
                                                      en cárcel oscura y sin ventilaciòn,
                                                      con fuertes  deseos que vayan a verlos,
                                                      y olvidar un poco su preocupación.
 
                                                      Les pasan minutos, horas y semanas
                                                      se les van los días en desvelaciòn,
                                                      con ansias sublime de que un día le llegue,
                                                      un momento dado la liberación.
 
                                                      Hermanos del alma que son prisioneros,
                                                      sufriendo maltratos y desolación,      
                                                      A Dios yo le ruego por todos ustedes,
                                                      que le has de llegar su liberación. 
 
 
Por fin llegó el día en que fui conducido al Consejo de Guerra, que sanciono se me expusara.
Ya de nuevo en las calles, volví a vivir situaciones de las cuales hablarè en la entrega del capitulo de esta serie institulada Vivencias.


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